Mercadona.

Sollozaba desconsolada en el suelo del pasillo de lácteos. Calculé que tendría unos 70 años. Con la mano derecha sujetaba un tarro de mermelada de arándanos. A su alrededor, las bolsas que llevaa en su mano izquierda habían vomitado todo el contenido, desparramándolo por el suelo. Botes de aceitunas, unas cuantas zanahorias abrazadas por una goma y dos bolsas de espaguetis, se habían quedado expectantes, con gesto concentrado, para ver cómo la que iba a ser su dueña a corto plazo, lagrimeaba mientras no paraba de observar aquel frasco de mermelada. Ayudé, no sin dificultad, para que se pusiera en pie. Nunca se ayuda de manera decorosa a levantar a una anciana del suelo -temes quedarte con algún trozo en la mano o tocar donde no debes por miedo a hacer daño, que es exactamente en la totalidad de su cuerpo-, pero aquella señora se recompuso de manera ágil, y mientras seguía sollozando y atusando a aquel frasco de mermelada, me cogió del brazo como el que coge a un nieto para darse un paseo.mc2

«¿Está usted bien «Lo estoy, no se preocupe. Él ha muerto ayer y la mermelada de arándanos era su favorita. Ha sido un momento de flaqueza» Entonces lo entendí todo. Deduje que su marido, con el que le había unido una relación colmada de amor, hijos, mascotas y casa con chimenea, murió ayer, y la pobre, normal, estaría viviendo un luto doloroso y nostálgico. Imaginé su casa esta mañana, con cajones a medio abrir, con fotos en tonos sepia de su boda sobre la mesa -lágrimas y manchas de café alrededor-, con las camisas del marido sobre la cama, tristonas, sin saber muy bien qué hacer ahora con ellas. Imaginé a las vecinas con palabras de ánimo que ni ellas mismas se creían, a sus hijos observando el hueco del sofá donde él siempre leía el periódico, la luz del pasillo siempre dada para que la oscuridad no hiciera más difícil todo aquello… Apreté un poco su antebrazo con mucho cariño. «¿Su marido «No. Soy soltera. Siempre estuve enamorado de él, pero jamás se lo dije. Era mi amor del colegio, una amiga en común me ha dicho esta mañana que murió ayer tras una larga enfermedad. Hacía años que no le veía, aunque siempre le llevaba aquí«, dijo apuntándose el pecho con decisión. «Pero… ¿y la mermelada «Coincidía muchas veces con él en un café del barrio. Iba con su esposa y con sus hijos a merendar todas las tardes. Siempre pedía esa mermelada» Baddie Winkle Soltó mi brazo y se encogió de hombros. Con la manga del abrigo se limpió las lágrimas que le quedaban. Le ayudé a recoger la compra del suelo y desapareció en dirección a las cajas de pago. Miré alrededor para comprobar que nadie más había presenciado aquello . No saqué conclusiones, pero han pasado varias semanas y todavía me sorprendo preguntádome cuál es «la mermelada» de aquella persona a la que siempre amé y jamás lo ha sabido. Siempre es tarde para algo así. ************************************************** Escribe Nelson Montalvo, asistente de dirección en una fábrica de gomas de pelo. Nelson no suele ir al Mercadona, es más de tienda de barrio, pero cada vez que va, le suceden cosas extraordinarias. Nelson es amigo del Colectivo Pies Fríos desde que se peleó con nosotros por el último panetone de la balda. Si quieres saber algo más sobre Nelson, escribe a colectivopiesfrios@gmail.com

Hotel.

Al entrar en el hotel podrán ver un espacio amplio. No es gran cosa, ni está demasiado decorado, pero tiene muchos recovecos. Tal vez les decepcione a primera vista. En otro tiempo estuvo rodeado de playas o montañas -depende de la época-, sitios preciosos, pero ahora rehuye todo eso y se conforma con calles normales, con sus papeleras verdes, árboles recién podados y coches con la pintura saltada y los cristales sucios.

Aprovéchenlo. Usen sus sillas, pongan los pies encima de la mesa, pinten por sus paredes, utilicen sus baños. El hotel estará encantado, entiende que salen poco y goza viéndoles disfrutar.

El servicio de habitaciones no es bueno, pero siempre está dispuesto. Les gusta hacer reír a los visitantes.

La comida es sencilla, buena si tienes mucho hambre. Lo que sucede con el hambre en este sitio es bastante curioso. Hay gente inapetente que se convierte en un voraz glotón entre estas paredes. Cosa inexplicable a todas luces.

Las piscinas y las zonas comunes van acorde con el resto, pero a la gente les parece el paraíso. Hay barra libre de todo. El equipo de socorristas y animadores se encargará de que no le falte de nada. Viva cada día como si fuera el único, el último.

Al finalizar su estancia, el equipo de recepción se encargará de que su partida no sea tan traumática. Usted pensará que no se podrá olvidar de tan peculiar establecimiento, pero tranquilo, lo hará.

Todos lo logran.

Que, después de su partida, el personal del hotel quede desempleado, que las paredes estén cada vez más ajadas y que la comida se torne en bazofia pestilente, no es responsabilidad suya. Claro que no, faltaría más. Al hotel siempre le quedarán decrépitos ancianos al borde del colapso vital dispuestos a echar una mano para encalar esta fachada.

A quién le importa todo lo demás.

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Escribe Inquilino nº43, escritor de guías de viajes en servilletas y huésped siempre del mismo hotel que se va cambiando de habitación cuando se cansa de las vistas. Inquilino nº43 es amigo del Colectivo Pies Fríos desde que coincidió bailando «los pajaritos» en el jardín trasero. Si quieres saber algo más sobre Inquilino nº43, escribe a colectivopiesfrios@gmail.com

Se traspasa.

¿Recuerdas aquel bar-restaurante que hacía esquina, donde quedaba todos los viernes con mis primos?

Sí hombre, ese en el que siempre me encontraba a mi abuelo sentado en una de las mesas junto al ventanón, el que daba al parque de enfrente y todos los padres se peleaban por ocuparlas, porque desde ahí se podía ver bien a los niños jugar

¿No?

Ese que para ir al baño debías recorrer un pasillo kilométrico, de paredes adornadas con fotografías de clientes ilustres, antiguos, probablemente todos muertos ya…

Ese que conservaba un dispensador de cacahuetes en el que le echabas cinco duros y que con una vuelta de ruleta te llenaba las dos manos

¿Nada?

En el que Luis sonrió por primera vez a Carmen, rompiendo así una tensión de varias semanas de miradas y casualidades forzadas.

O también para recordar el día en el que celebraron allí la comunión de Javier, el pequeño de los vecinos de arriba, y todo el barrio entraba y salía colmándole de regalos.

Donde vimos la final de aquel partido importante -no recuerdo bien qué competición era- pero que todos terminamos abrazados y bailando y cantando sin que nos fuera demasiado en aquel triunfo.

Seguro que sí recuerdas los menús de los domingos -aquella fideuá…-, los taburetes con tapiz rojo o el bigote de aquel camarero que tuvieron un verano, tan rizado, tan simpático.

¿Sabes ya cual te digo?

El que invitaba a todos los estudiantes a un desayuno gratis si enseñaban el boletín de notas con todas las asignaturas aprobadas.

En el que Maite lloró sobre la mesa cuando nos contó que Julián se marchó de casa.

En el que yo siempre te esperaba ansiosa y enamorada pero tú nunca llegabas.

¿Ya sí?

Pues ahora, es un Starbucks.

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Escribe África González, camarera y clienta del mismo bar desde hace más de 20 años. África se enamoró de nosotros porque siempre dejábamos propina, y es amiga del Colectivo Pies Fríos desde el primer mosto rojo. Si quieres saber más de África González, escribe a colectivopiesfrios@gmail.com

RECLUTA

Padre, he disfrutado tanto este caramelo de vida que me ha dado, ya estuviera en la boca o en el bolsillo, que le estaré agradecido eternamente.

Ahora, el adiós es inevitable, fortuito.

No se va usted, me voy yo.

Antes era habitación de grandes ventanas, ahora me siento sótano sin visitas.

¡Qué fácil cuando la vida cabía en un cuaderno, construida a mi antojo con las ceras de colores!

Pero no llore, padre, no me gustaría que esos ojos garzos se ensucien siendo esta la última vez que nos vemos. Vea el río roto, la montaña desmigada. Estando el mundo así, todos dormimos cerca de un cementerio. Váyase en paz, padre, y cuide de sus nietos. Abrace a madre por las noches, sea blanca vela, que aún le queda.

Soy yo el que permanece.

Soy yo el que duerme aquí, abatido, en la trinchera de una ciudad que fue nuestra.

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Escribe Yarkov García, mestizo orieoccidental, imaginando las ciudades de su infancia, a su familia abandonada al azar en tierra extraña, y la barbarie de lo que ya es normal. Yarkov es amigo del Colectivo Pies Fríos desde que una bala le alcanzó sin haberla pedido. Si quieres saber más acerca de El Colectivo Pies Fríos, escribe a colectivopiesfrios@gmail.com

Galimatías

tenía el alma clueca y transparente
sesteando tras un eco inaudito
de cola de lagartija en mitad del océano
donde ya poco o nada importa
-porque nadie ve lo mucho que te retuerces-

su recuerdo era de días pasados en los que era feliz
de versos que nunca escribió pero pensó varias veces
zapato roto, nocilla, y subir al baño para lavarse las manos
peinarse y verse bien -todo para ella-
digno para la secuencia que jamás olvidaría
qué dolor todo, qué injusto esta distancia inexorable
qué pena de escenario de cartón pluma que quiere repetirlo

tendrá el alma clueca siempre -pero ya para qué-
y escucha al otro gritarlo
«¿cómo puede ser que lo mejor de miedo
cómo puede ser que si va mal, más quiero?»

y entonces todo es más ligero,
menos importante en definitiva,
y te agarras a la belleza del engaño actual,
queda, lumbre, paciencia y luz,
muñeca de feria.

¿Alguien que sepa de un agente de la CIA,
discreto, trajeado y guapo,
que nos ayude con esto de antes,
con este galimatías tribal?

Marisabidillos; un blog del COLECTIVO PIES FRIOS

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Escribe Luisito Calavera, poeta irreverente sin redes sociales. Luis escribe en los tickets de las gasolineras, en los semáforos en rojo. Luis es amigo del Colectivo Pies Fríos desde que salió debajo de la cama y nunca más pudo meterse. Si quieres saber algo más sobre Luisito Calavera, escribe a colectivopiesfrios@gmail.com

Elegir un deseo

Seguro que os han preguntado alguna vez aquello de «si te concedieran un deseo, ¿cuál sería?«

Mi abuelo un día interrumpió aquel juego preadolescente en el que unos pedían dinero, otros casas grandes y otros ser cantantes famosos, para dinamitar ese momento intrascendente y soltarnos un «yo lo único que deseo es no estar sólo cuando sufra un ictus«
En aquel momento infantil, muchos no teníamos claro lo que significaba aquella palabra, pero sus ojos acuosos y el suspiro de mi padre -que presenció todo aquello-, nos hizo entender que ni la palabra ni el estado de ánimo de mi abuelo representaban nada bueno.

Hay gente rodeada de mucha más gente que se siente sola. La soledad es una de las enfermedades indetectables que sirven de trampolín de cosas peores. Se suele combatir -pero con gaseosa eficacia-, con una canción, una lectura, una sonrisa, pero enseguida se evapora y vuelve con más fuerza.

El mayor potenciador de esta enfermedad es el tiempo, el cual, a su vez, hace mella en las relaciones personales.

Las relaciones son como aquellos libros de «elige tu propia aventura«: poco antes de llegar al final, te das cuenta de que tu camino es muy distinto al de aquella persona que empezó contigo en la primera página.

Todavía recuerdo a aquella chica que en menos de medio minuto pasó de vivir conmigo piel con piel a ser una completa desconocida. En mitad de un paseo, en medio de una conversación sobre música y comida, o sobre anécdotas laborales y fútbol -es indiferente-, dejó caer aquella frase que aun hoy me martillea: «No me quieras tanto y quiéreme mejor«. Esas siete palabras representaron siete clavos en mis pies, y allí quedé, congelado, mientras podía verla seguir caminando, hablando de manera distendida con alguien que ya no era yo.

Realmente mi abuelo no estaba triste por el miedo a padecer un ictus en medio de la nada, sin estar acompañado por nadie. Mi abuelo estaba triste porque sabía que su deseo ya lo había pedido años atrás y le había llegado en forma de mi abuela, pero que el tiempo se lo había arrebatado de las manos y poco se podía hacer con aquello. No hay peor cosa que tener la certeza de saberse inútil ante el mayor problema de tu vida.

Yo le quito importancia a todo esto, y el deseo que pido es que hoy no me sienta solo, esté o no rodeado de gente. Mañana, ya veremos.

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Escribe Crespo Rojas, psicólogo y mudo a partes iguales. Crespo sabe escuchar y fijarse en lo que realmente importa: la gente que está, sin saberlo, en último término por miedo a que la vean. Crespo es amigo del Colectivo Pies Fríos desde que coincidió con nosotros al fondo a la izquierda de algún lugar que ya no recordamos. Si quieres saber algo más sobre Crespo, escribe a colectivopiesfrios@gmail.com

La semana grande de la indolencia.

En la semana grande de la indolencia,
mientras la grieta de la pared se tragaba gran parte de la casa,
me propuse emplear mis días observando atardeceres.
El tuyo me decepcionó; envejecías peor de lo que me esperaba.
Tus ojos, como filas de prevacunados mirando al suelo, ya no alumbraban como antes, anunciando en lo que se iban a convertir los ratos muertos contigo.

Un vencejo quebró una rama y fue lo mejor que nos pasó en el último paseo.
Nos sentamos y creció verde a nuestro alrededor. Algunas raíces ya alcanzaban tu cuello cuando te pedí un abrazo.
Al comienzo de la ruta me señalaste el camino, pedregoso y desnortado. Ahora que la terminamos, no se han asomado ni las malas hierbas.
Alguien quemó un par de árboles en tu honor, otros vitoreaban y aplaudían a nuestro paso, pero entre dientes todos murmuraban que ya no quedaba nadie allí para protegernos, y nos dijimos adiós en mitad de un amago boreal.
Al día siguiente, seguíamos dentro de la grieta de la casa, reconociéndonos en la pasión.

Que nos vaya bien.

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Escribe Lorena Ugel, fotógrafa de parejas disfrazadas. Lorena es experta en abandonos, característica que ha desarrollado dejando a sus novias el último domingo de cada mes. Lleva siendo amiga del COLECTIVO PIES FRIOS desde que nos fotografió sin permiso mientras nos robábamos un beso en un portal. Si quieres saber algo más de Lorena, escribe a colectivopiesfrios@gmail.com

Año.

Ayer pasó en algún lugar. Si mido la distancia desde ese ayer al hoy de hoy, tengo un año justo.

Desde entonces, a lo largo de todo este año, me he convertido en mejor persona. No mejor persona para el resto, soy mejor persona para mí. O eso creo.

Y no mejor persona porque te murieras, si no mejor persona porque te tuve al lado todos mis años (me hiciste bien, me hiciste bueno, y esto sí que te lo debe el resto)  

Por lo demás, todo está más feo. No te pierdes gran cosa. Los pasos de tus nietos son los mismos que ya daban y que se te grabaron a fuego. Eso no te lo quita nadie. El mismo sol, la misma oscuridad, pocas reformas.

Nosotros nos peleamos por sonreír. Lo conseguimos de vez en cuando, y eso es una gran victoria. Pero siempre, siempre, siempre, te tenemos aquí, al ladito de todo lo que hacemos.

Me propuse hacer algo grande por el aniversario -desandar el camino, brindar al cielo, escuchar canciones de tu época-, pero he hecho la compra. Naranjas y hortalizas. También he cruzado un semáforo en ámbar, apurando. He sonreído a una señora malhumorada y he saludado de lejos a alguien que luego resultó ser un desconocido. Aparqué mal el coche para recoger a las niñas y compré dos entradas para un concierto. Cuando regresaba a casa, bajé la ventanilla del coche y saqué el brazo. Pensé que podría tocarte.

¿Y tú? ¿Cómo lo celebráis allí, donde quiera que estés?

Un amigo me dijo que la mejor terapia era escribirlo. ¿Puedes escribirlo tú? ¿Nos podrías enviar lo que escribas, o allí os hacen olvidar las direcciones antiguas?

Otro me contó que sois lienzo que vais perdiendo el color. Qué desastre de pantone.

Los menos, los que ni levantaron la mano hace un año ni lo hacen hoy, siguen igual. Para mí, esos están más muertos que tú. Y en vida, qué crueldad.

Pero no perdamos un segundo con ellos.

Antes de decirte adiós -y hasta dentro de un minuto, cuando vuelva a tenerte conmigo como cada vez que te recuerdo-, quería decirte que me sale el tremendismo cuando cierro los ojos.

¿Cómo se cura eso? ¿es peligroso, debo preocuparme? No es que esté a disgusto, al contrario, es que estoy tan bien así, agachado, anclado, que creo que sería bueno que alguien que no sea ni tú ni yo me dijera si todo esto es bueno o forma parte de un duelo que no sabemos ni cuando empezó ni si terminará algún día.

No te molesto más. Estarás haciendo las cosas que hagáis los que estáis allí. Yo me las imagino bonitas, cosas divertidas. No te llevaste ninguna foto, pero seguro que disfrutas viendo lo guapos que están tus nietos, ellas y ellos. ¡Cómo te echan de menos!

¡Qué cansados los brazos al sostener tanto dolor todo un año, con sus noches de siglo y sus amaneceres de promesa! ¿Me ayudas?

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Escribe Mimo Martínez, que a pesar de tener nombre de analfabeto jugador profesional de fútbol argentino, es leído y versado y tiene un corazón de centro comercial abandonado. Mimo es amigo del Colectivo Pies Fríos desde que le alquilamos un local en ese centro comercial. Si quieres saber algo más sobre Mimo, escribe a colectivopiesfrios@gmail.com

Estar.

Anoche soñé contigo. Iba a buscarte y ya no estabas. Al llegar a tu puerta supe que llevabas tiempo sin estar, solo que todavía no me había dado cuenta.

¿Ahora quién me paga a mí todo este tiempo que he vivido como si aún estuvieras? Es más, ¿valió para algo o es tiempo perdido? ¿Me van a computar todos estos días sin ti cuando tenga que echar cuentas conmigo misma?

Aún sabiendo que ya no estabas, pasé medio sueño caminando hacia los sitios que había compartido contigo.

el parque, aquel rincón del bosque, el asiento trasero del coche

Pero ya se sabe lo que sucede en sueños… caminas y no avanzas. Es como masticar aire o abrazar a un desconocido. Inocuo, placentero y extraño al mismo tiempo.

Así que sin llegar a todos esos sitios, ya sabía que no estarías.

Finalicé el sueño como todos los buenos sueños, con un fuerte golpe en la cara o con alguien a punto de dispararme. Al despertar, pude notar la herrumbre que habían causado, sin yo haberlo notado entonces, tus últimos y torpes movimientos cuando me besabas con desgana.

Recuerdo las conversaciones telefónicas, los desayunos y los últimos paseos. Qué desperdicio, hablar para nadie. Te veía pero ya no estabas. ¿O tal vez era yo la desplazada?
Y si no estabas, ¿dónde estabas? ¿Por qué tanta distancia, si aún podías cogerme de la mano?

No, no te guardo ningún rencor, sólo quiero que no aparezcas más en mis sueños. Si yo aparezco en los tuyos, ojalá te hagas las mismas preguntas que yo me hago constantemente.

¿Quién está más lejos?
Este sabor a abandono, ¿lo estoy olvidando, o aún me aguarda?

«Árbol infinito. Colección Colectivo Pies Fríos»

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Escribe Claudia Enamorada. Claudia habla sola y cuenta sus relaciones a desconocidos, hayan existido o estén aún por existir. Claudia es amiga del Colectivo Pies Fríos desde que nos contó una vez una de esas relaciones. Si quieres saber algo más sobre Claudia escribe a colectivopiesfrios@gmail.com

Hielo_poema

Hielo,
con el blanco transparente de ojo de anciano.
Poca luz, y la que había, como con cieno.
Reloj parado para siempre
siempre y tiempo dentro de una esfera-
Desde ahí, todos avanzan menos yo.
Mi alma se volvió ancla,
y aunque dieran primavera,
todo lo que veía era océano oscuro,
sonrisa abisal que no alegraba a nadie.
Me lo explico a fases: ahora sí, pero a lo mejor,
en un rato, vuelvo a ser foso.
Foso feo, férrico, fatal.
Para qué lo demás si sigo allí.
Mierda del angel debajo de las uñas,
frotas y frotas y sigue ahí, ajeno a este mundo.
Esfuerzo funesto. Febledad y fatiga.
Y después de tenerlo claro,
¿quién rompe todo esto?

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Escribe Almería Prisamata, experta relojera, amante espeleóloga. Almería es amiga del Colectivo Pies Fríos desde que nos limpió el parabrisas un día despejado a cambio de una recomendación sobre música. Si quieres saber algo más sobre Almería, escribe a colectivopiesfrios@gmail.com