Estar.

Anoche soñé contigo. Iba a buscarte y ya no estabas. Al llegar a tu puerta supe que llevabas tiempo sin estar, solo que todavía no me había dado cuenta.

¿Ahora quién me paga a mí todo este tiempo que he vivido como si aún estuvieras? Es más, ¿valió para algo o es tiempo perdido? ¿Me van a computar todos estos días sin ti cuando tenga que echar cuentas conmigo misma?

Aún sabiendo que ya no estabas, pasé medio sueño caminando hacia los sitios que había compartido contigo.

el parque, aquel rincón del bosque, el asiento trasero del coche

Pero ya se sabe lo que sucede en sueños… caminas y no avanzas. Es como masticar aire o abrazar a un desconocido. Inocuo, placentero y extraño al mismo tiempo.

Así que sin llegar a todos esos sitios, ya sabía que no estarías.

Finalicé el sueño como todos los buenos sueños, con un fuerte golpe en la cara o con alguien a punto de dispararme. Al despertar, pude notar la herrumbre que habían causado, sin yo haberlo notado entonces, tus últimos y torpes movimientos cuando me besabas con desgana.

Recuerdo las conversaciones telefónicas, los desayunos y los últimos paseos. Qué desperdicio, hablar para nadie. Te veía pero ya no estabas. ¿O tal vez era yo la desplazada?
Y si no estabas, ¿dónde estabas? ¿Por qué tanta distancia, si aún podías cogerme de la mano?

No, no te guardo ningún rencor, sólo quiero que no aparezcas más en mis sueños. Si yo aparezco en los tuyos, ojalá te hagas las mismas preguntas que yo me hago constantemente.

¿Quién está más lejos?
Este sabor a abandono, ¿lo estoy olvidando, o aún me aguarda?

Árbol infinito. Colección Colectivo Pies Fríos”

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Escribe Claudia Enamorada. Claudia habla sola y cuenta sus relaciones a desconocidos, hayan existido o estén aún por existir. Claudia es amiga del Colectivo Pies Fríos desde que nos contó una vez una de esas relaciones. Si quieres saber algo más sobre Claudia escribe a colectivopiesfrios@gmail.com

Hielo_poema

Hielo,
con el blanco transparente de ojo de anciano.
Poca luz, y la que había, como con cieno.
Reloj parado para siempre
siempre y tiempo dentro de una esfera-
Desde ahí, todos avanzan menos yo.
Mi alma se volvió ancla,
y aunque dieran primavera,
todo lo que veía era océano oscuro,
sonrisa abisal que no alegraba a nadie.
Me lo explico a fases: ahora sí, pero a lo mejor,
en un rato, vuelvo a ser foso.
Foso feo, férrico, fatal.
Para qué lo demás si sigo allí.
Mierda del angel debajo de las uñas,
frotas y frotas y sigue ahí, ajeno a este mundo.
Esfuerzo funesto. Febledad y fatiga.
Y después de tenerlo claro,
¿quién rompe todo esto?

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Escribe Almería Prisamata, experta relojera, amante espeleóloga. Almería es amiga del Colectivo Pies Fríos desde que nos limpió el parabrisas un día despejado a cambio de una recomendación sobre música. Si quieres saber algo más sobre Almería, escribe a colectivopiesfrios@gmail.com

Todo el asunto del big bang.

Creo que en la boca del poeta puede dormir toda la mierda del mundo”

Lo dije en una de mis últimas conferencias. Todo el mundo asentía. Incluso hubo un par de personas que abrieron mucho los ojos, elevando las cejas, como si quisieran asegurarse de que la frase les entraba directa hasta el cerebro, accediendo por los párpados.

Yo, por mi parte, no tenía ni la menor idea del significado. Lo dije y punto. Impactaba y sonaba bien. No daba para titular, pero sí para pie de foto.

Para el receptor, supongo que esto funciona así. Eliges un camino y ni te molestas en darle sentido. Las curvas peligrosas, las subidas costosas o las bajadas criminales no importan. Todo depende de la gente que te acompañe en el trayecto. Así son los líderes de opinión, muchos siéndolo sin querer. Así son los borregos, ávidos de abrazar un trozo de pan que morder mientras sonríen al de enfrente, dentro de un mismo rebaño.

Luego están las serpientes. Pocas rapaces hay, para mi gusto. Una vez me acerqué a una señora que dedicaba sus días a opinar lo contrario de lo que le decían y a atribuirse méritos de antagonista a todo lo que le contaban. El mundo conspiraba contra ella, aunque no recordaran su nombre. Su alrededor era un campo yermo, pero conseguía herir con jabalina. Cuando le afeé su conducta, me reconoció que llevaba tanto tiempo siendo una hija de puta que ya no sabía hacerlo de otra forma. Pobre. Si hay personas que necesitan recibir amor, esta es una de ellas. Queden aquí mis brazos para el abrazo y mi mano cerrada para el puñetazo, lo que más te merezcas.

En mitad de la conferencia, un hombre se levantó y se dirigió hacia la puerta. Titubeé en mitad de la frase en la que estaba, y él se dio cuenta. Se giró, me saludó con gesto de sombrero, y me dijo “ya quedaremos tú y yo, libres de oídos taponados, para discutir todo el asunto del big bang”
Las dos personas que todavía seguían con las cejas elevadas, las dejaron caer con rostro de incomprensión.
Un rebelde a lo escuchado. Había esperanza.

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Escribe Jacqueline Arellano, creadora de opinión para gente imbécil. Jacqueline es amiga del Colectivo Pies Fríos desde que nos explicó que la audiencia es loca, ciega, sordomuda, torpe, traste y testaruda (te queremos, Shakira) Si quieres saber algo más sobre Jacqueline, escribe a colectivopiesfrios@gmail.com

Copia de seguridad

copia de seguridad
copia de seguridad de la copia de seguridad
copia de seguridad de la copia de seguridad de la copia de seguridad
copia de seguridad del recuerdo dormido, por si despierta
copia de seguridad de tu abuelo muerto, por si le olvidas
copia de seguridad de tus fuerzas quebradas, por si te desvaneces del todo
copia de seguridad de ese mensaje que no esperas, por si no llega nunca

Heroes 2020.

Es raro acabar abrazado al árbol fortuito -vistas envidiables de la ciudad y de lo peor de nosotros- y ser visitado sólo cuando el anfitrión ya ha partido.

copia de seguridad de la copia de seguridad olvidada
de la que ya ni siquiera recuerdas para qué la hiciste

copia de seguridad de esa nota suspendida en el aire
que tanto me recordaba a ti pero de la forma que no gusta a nadie

copia de seguridad del monstruo que fuiste de vez en cuando
porque quizá algún día necesites que venga a comerse lo feo que hay en el mundo

copia de seguridad de las tardes del paseo del pez
el de la canción, el del poema y el de la película

apagón total. copia de seguridad obsoleta. nueva vida cada minuto.

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Escribe Villar Mamposo, consultor TIC y poeta a tiempos desiguales. Villar fue amigo del Colectivo Pies Fríos hace mucho, pero ya no. Tanto Villar con el Colectivo Pies Fríos volverán a encontrarse y entonces sí, volverán a serlo. Pero hoy no. Si quieres saber algo más sobre Villar Mamposo, escribe a colectivopiesfrios@gmail.com

Sueño con serpientes

No hay nada peor que, después de una noche en vela, quedarte dormido diez minutos antes de que suene tu despertador.
Decimos, erróneamente, “he dormido mal“, pero precisamente ha sido “mal” porque no has dormido nada o lo has hecho interrumpidamente.
Los sueños son un territorio que debería ser apacible, pero la mayoría de las veces resulta caótico, frustrante y aterrador. No hay nada positivo en la vivencia de un sueño, ya que todos terminan igual: abriendo los ojos.
Sueñas que corres y lo haces a cámara lenta.
Sueñas que tienes mucho dinero y el agujero de tu billetera sirve de sumidero de tu desilusión.
Sueñas con él o con ella. Con serpientes que reptan en algo que pudo ser y te muestran un ejemplo que atormentará tus despertares.
En los sueños, quien quieres que te mire a los ojos no lo hace. Siempre es a un lado o a otro. Arriba, como si tuvieras los ojos en el flequillo, o en el pecho, como si una pizarra naciera de tu barbilla. La mirada de mercurio es aceite en tus manos de agua.
Quién fuera pájaro posado en la rama de tu sueño dentro de un estadio sin árboles. Quién no fuera dentro de tu noche, existiendo pero sin contar para nadie, teniéndote cuando me diera la gana.
Me juré, hace no demasiado, empezar a escribir cosas alegres, pero también me juré, hace muchísimo, no empezar nunca un relato con la frase “no hay nada peor” y ya son varias las veces que me regocijo en mis errores.

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Escribe Espinosa Robirosa, quien no quiere ir al médico para tratar su insomnio y usa los minutos que roba al sueño para escribir sobre no dormir. Espinosa es amigo del Colectivo Pies Fríos desde que nos encontró en una de sus pesadillas. Si quieres saber algo más sobre él, escribe a colectivopiesfrios@gmail.com

Reflejos

Se justificaba de una manera que ni él se creía. Huía por inercia, como la pelota que cae dormida por unas escaleras y justo se despierta en el último escalón, pensando que quería seguir arriba pero ya, qué lo mismo daba…

“No huyo; sé que lo estás pensando”

Pero lo volvía a hacer.

Para mí, huír y esconderse vienen a ser la misma cosa. ¿Sabéis eso que hacen los niños de ponerse una mano en los ojos, pensando que están ocultos para el resto de la humanidad? Pues él, lo mismo.

“Ni estoy ni quiero estar”

Pero estaba.

“No me sale ser amable, ni alegre, ni agradable, ni positivo. No quiero abrir la mano y ver una flor caer. No quiero ladear la cabeza como que me interesara lo que me estás contando. Déjame en paz. Dejadme todos en paz”

Pero en sus palabras había tregua, remanso consigo mismo.

“Quiero golpear a alguien. Quiero dejarme los nudillos en la pared, los dientes en esa corteza de árbol. Quiero patear un automóvil. Quiero enemistarme con gente de mi propia sangre, insultar a los amigos que compartieron balón en la niñez, agarrar de los pelos a todos esos recuerdos de piel desnuda y arrojarlos por la borda. Quiero arrancarme los huesos y hacerme una jaula. Quiero desaparecer. Quiero dejar de ser”

Pero ahí permanecía. Cada queja, cada lamento, cada súplica, redibujaba sus bordes y le hacía más real, acercándole más a mí.

“Me dices todo esto con gesto noble, sereno. Ni tú mismo te lo crees. Sólo tiene que salir de ti, clavar los ojos en este reflejo y convencerte a ti mismo que sí, que todo lo que tienes dentro es oscuro y horrible, pero que pronto encenderás las luces y todo cambiará. Basta ya. Ven”

Y ahí quedamos, nosotros, mi reflejo y yo, rodeado de trozos de cristal que unos segundos antes pertenecían a un espejo colgado en la pared.

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Escribe Tania Gporu, que nos contaba que mucho antes de acabar este texto, ya lo aborrecía. Tania es sordomuda y teleoperadora, y a pesar de todo, su vida es la más congruente que conocemos. Si quieres saber más sobre Tania, escribe al colectivopiesfrios@gmail.com

Adiós a un buen hombre.

Siempre dicen que se suelen ir los mejores. No es del todo cierto. Mi padre no era el mejor en nada y se ha ido. Pero era mi padre. Mi padre era… no sé bien cómo explicarlo… si alguna vez os habéis parado a pensar en la figura de “un buen hombre”, tan usada en películas, novelas, historias… ése era mi padre. Un buen hombre. Mi padre formaba parte del grueso de personas que hacían de este mundo un lugar mejor. Discreto, educado, amable. Jamás se metió con nadie, jamás odió a nadie, jamás le complicó la vida a nadie… siempre sumaba. Y si no podía, se apartaba y hacía las cosas más fáciles. Qué necesario resulta este tipo de personas para que todo vaya bien…

Se van muchos padres cada día, pero hoy se ha ido el mío. Y lo ha hecho antes de tiempo. Yo quiero pensar que estos últimos meses han sido como el desarrollo de una tortuga que se preparaba para echar a volar, pero ha sido duro ver cómo la goma de borrar le iba retirando el color.

Leo a Jorge Manrique, pero no como lo leía en la escuela. Lo leo con más manchas y más heridas, con más placer, como el adulto que disfruta del sabor dulzón de un jarabe infantil, y no dejo de recordarle.

Su tiempo nos transformó sin permiso. Antes del nacimiento de la tortuga, mi madre era una madre coraje y una esposa excepcional; después pasó a ser una madre excepcional y una esposa coraje. Qué bello todo, aunque cambiar de rol al actor en mitad de la actuación nunca le ha sentado bien a la obra.

Mi padre mató a Thanos. Pero lo más duro no fue la batalla, lo más duro de todo fue después, cuando nos dimos cuenta de que llevábamos varios días, delante de él, hablando en tercera persona, como si la guerra no fuera en su habitación. Y él nos miraba, dándonos a entender que la vida era eso: se abre un ciclo y se cierra otro, pero qué jodido cuando eres tú el que está dentro del ciclo cerrado y sin posibilidad de abrirlo de nuevo…

Hay lecciones que el ser humano no debería tener que aprenderlas nunca.

El tiempo es carretera. Es una flecha disparada por una ballesta sin tirador, desde una posición desconocida pero que irremediablemente sabes que viene hacia ti y terminará por alcanzarte. Habrá días que la oigas silbar. En otros, te rozará y no te darás cuenta. Hasta que llegue el momento y la veas venir decidida, y no te quede más remedio que abrir los brazos y aceptarla.

El tiempo es la ración de un postre de abuela.

Se nos fue el capitán del equipo. Lo ficharon en esas ligas que nadie televisa pero de las que todos guardamos camisetas de nuestros goleadores favoritos. Allí, todos pichichis.

Ahora sé que no es esta la tierra prometida. Qué broma de promesa, de ser así.

El tiempo es ese barco que hace aguas, desesperadamente agujereado, en el que tú estás en cubierta y no dejas de beber para salvarte.

Pero qué demonios, seamos felices, que es deber y responsabilidad de los que aún estamos aquí. Él estará bien. Después de todo, nadie envejece después de muerto.

El tiempo es eso que se encapsula en la canción Trefacio. La vida es domingo, canción sin fin, noche de estrellas y un rato en el jardín.

Adiós, papá. Se ha ido un buen hombre.

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Escribe cualquiera al que se le haya ido un padre. Escribo yo.

HUIDA

Lo llevo haciendo desde niña. Huía de mis padres, de las vecinas que venían a pellizcarme los carrillos, de los amigos que me convidaban a salir mientras me agitaban sus nuevas peonzas delante de mis narices… Lo único que quería era estar sola para poder sumergirme, en estado lenitivo, entre las páginas de mis primeras lecturas. Aquello era apasionante para una niña que no había salido de su barrio. Los lugares más increíbles y las personas más fantásticas estaban al alcance de mi mano.

Con el tiempo descubrí que debía explotar mejor aquella manera de viajar, e iba poniendo notas entre las páginas, dejando libros inacabados por las repisas de la despensa, historias a medio leer debajo del sofá de mi padre… de modo que, pasados unos días, descubría como quien no quiere la cosa, de manera absurda y falsamente accidental, un cuento con una nota que me decía “aquí tenías fiebre” o “el hermano del protagonista es muy atractivo“, y me permitía experimentar aquello que ya era lejano y volvía a mí con fuerzas renovadas, batallas a medio luchar o besos a punto de darse…

Cuarenta años después lo sigo haciendo.

cvc

En casa de mis padres me “olvidé” casualmente, a medio leer, la historia de Steinbeck, “La perla“, y cada vez que voy a verles le doy un par de mordiscos a la vida de Kino, un humilde pescador en medio de la lucha entre ricos y pobres.

En el asiento trasero del coche viajo a Francia, de la mano de Houellebecq y su “mapa y territorio“, aunque apenas me quedan diez páginas para descubrir qué sucede definitivamente a Jed Martín.

En los cajones del escritorio de la oficina guardo dos mundos distintos, China y Egipto. Con Yu Hua estoy averiguando cuánta sangre hay que vender en China para que un pobre trabajador pague la boda de su hija.
En el otro cajón, al abrirlo, se me escapan los animales hasta entonces desconocidos que ayudaron a conquistar Oriente Medio a los Hicsos. Ser esclavo en Río Sagrado y desoír a Wilbur Smith página tras página, me permite construir armas para evitar la invasión.

Encima de la tumbona, entre los pliegues de la descolorida toalla castigada por el sol, descansa Tristessa, una prostituta de belleza santa, adicta a la morfina, que me presentó Kerouac y que me cuenta de vez en cuando que han sido muchas las veces en las que él no ha sido capaz de satisfacer sus necesidades, ya sean espirituales o carnales.

En el bolso de los fines de semana, me llego ya por la ciudad de Buenos Aires, mezclando su asimetría con un paquete de klinex, un bolígrafo, una Rayuela y una cartera desgastada.
En el bolso de a diario me expulsan de Granada, hace más de quinientos años, mientras Tariq Ali me cuenta lo frustrante que resulta una diáspora de algo que llevas dentro desde que naciste.

Con lo acabado, con lo vivido, lo despido y me desprendo de ello, en una plaza o en el banco de un jardín, dedicando un gesto sombrío, una mirada de envidia, como el que observa a un antiguo amor paseando de la mano de alguien que ya no eres tú. Y así con todo. Viajando en el tiempo sin máquina, sembrando trocitos de vida y paisajes allí por cvc2donde mis pies caminan, esperando, a ver si con suerte, me reencuentro entre las páginas de alguna de esas novelas, a esa niña que huía de sus vecinas que sólo venían a casa para pellizcarle los carrillos.

 

 

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ESCRIBE India Morrison, dueña de una agencia de viajes imposibles y escritora de novelas a medias en sus ratos libres. India es amiga del COLECTIVO PIES FRÍOS desde que les consiguió un viaje baratísimo a Ítaca. Si quieres saber algo más sobre India, escribe a colectivopiesfrios@gmail.com

Ya no me reconozco en lo que escribes

“Ya no me reconozco en lo que escribes”, me dijo agarrándome de la manga del abrigo. Nueve, tal vez diez años, no más. Ojos color calabaza y boca de cohete espacial, con unos intrépidos labios mirando siempre al cielo.

Había salido entre las flores de mi memoria para asaltarme en mitad de un sueño. Lo hace muy a menudo.

En forma de olor, de postre favorito, de vieja fotografía…

Es el yo de un pasado que no me apetece recordar, al que ya no quiero pertenecer.

Ayer me dice que no se reconoce en lo que escribo pero es que hace tiempo que decidí escribir sobre otras personas.

Mis poemas son ajenos, son de nadie, de alguien que tal vez nunca haya existido.

La mente humana siempre va un paso más allá que el propio humano, y la mía se ha adelantado para agujerearme el cerebro de lado a lado. No quiero saber quién fui.
Hoy, con casi setenta años, apenas recuerdo haber estado allí. Abrazo con la mirada la figura de una Europa que languidece y saboreo la victoria que supone el no reconocerme en aquel infierno.

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Anoche, al muchacho que yo fui se le resbaló una lágrima oscura cuando desaparecía de mi memoria. Me ha costado mucho, pero con él se fueron los cuerpos escuálidos y los pijamas desnutridos hechos jirones por los suelos, los perros fieros y las enormes manos de los militares.

Lo que me va a costar olvidar más va a ser a aquel desgraciado que me levantó del suelo, tirándome de los pelos y sujetándome el mentón, mientras dirigía mi cabeza hacia el dantesco espectáculo. “¿Ves aquel humo blanco, judío de mierda? Aquel humo blanco que sale por aquella chimenea es tu mujer”

Nadie quiere recordar que perteneció a aquello. Ni siquiera mi niño del pasado.

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Escribe Jacob Cabelli. Jacob se retiró a París para olvidar todo lo suyo, y desde allí nos contaba historias tristes e historias alegres, empatando sonrisas contra lágrimas. Jacob fue amigo del Colectivo Pies Fríos hasta que nos olvidó junto con todo lo demás. Si quieres saber algo más sobre Jacob, escribe a colectivopiesfrios@gmail.com