La semana grande de la indolencia.

En la semana grande de la indolencia,
mientras la grieta de la pared se tragaba gran parte de la casa,
me propuse emplear mis días observando atardeceres.
El tuyo me decepcionó; envejecías peor de lo que me esperaba.
Tus ojos, como filas de prevacunados mirando al suelo, ya no alumbraban como antes, anunciando en lo que se iban a convertir los ratos muertos contigo.

Un vencejo quebró una rama y fue lo mejor que nos pasó en el último paseo.
Nos sentamos y creció verde a nuestro alrededor. Algunas raíces ya alcanzaban tu cuello cuando te pedí un abrazo.
Al comienzo de la ruta me señalaste el camino, pedregoso y desnortado. Ahora que la terminamos, no se han asomado ni las malas hierbas.
Alguien quemó un par de árboles en tu honor, otros vitoreaban y aplaudían a nuestro paso, pero entre dientes todos murmuraban que ya no quedaba nadie allí para protegernos, y nos dijimos adiós en mitad de un amago boreal.
Al día siguiente, seguíamos dentro de la grieta de la casa, reconociéndonos en la pasión.

Que nos vaya bien.

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Escribe Lorena Ugel, fotógrafa de parejas disfrazadas. Lorena es experta en abandonos, característica que ha desarrollado dejando a sus novias el último domingo de cada mes. Lleva siendo amiga del COLECTIVO PIES FRIOS desde que nos fotografió sin permiso mientras nos robábamos un beso en un portal. Si quieres saber algo más de Lorena, escribe a colectivopiesfrios@gmail.com

Año.

Ayer pasó en algún lugar. Si mido la distancia desde ese ayer al hoy de hoy, tengo un año justo.

Desde entonces, a lo largo de todo este año, me he convertido en mejor persona. No mejor persona para el resto, soy mejor persona para mí. O eso creo.

Y no mejor persona porque te murieras, si no mejor persona porque te tuve al lado todos mis años (me hiciste bien, me hiciste bueno, y esto sí que te lo debe el resto)  

Por lo demás, todo está más feo. No te pierdes gran cosa. Los pasos de tus nietos son los mismos que ya daban y que se te grabaron a fuego. Eso no te lo quita nadie. El mismo sol, la misma oscuridad, pocas reformas.

Nosotros nos peleamos por sonreír. Lo conseguimos de vez en cuando, y eso es una gran victoria. Pero siempre, siempre, siempre, te tenemos aquí, al ladito de todo lo que hacemos.

Me propuse hacer algo grande por el aniversario -desandar el camino, brindar al cielo, escuchar canciones de tu época-, pero he hecho la compra. Naranjas y hortalizas. También he cruzado un semáforo en ámbar, apurando. He sonreído a una señora malhumorada y he saludado de lejos a alguien que luego resultó ser un desconocido. Aparqué mal el coche para recoger a las niñas y compré dos entradas para un concierto. Cuando regresaba a casa, bajé la ventanilla del coche y saqué el brazo. Pensé que podría tocarte.

¿Y tú? ¿Cómo lo celebráis allí, donde quiera que estés?

Un amigo me dijo que la mejor terapia era escribirlo. ¿Puedes escribirlo tú? ¿Nos podrías enviar lo que escribas, o allí os hacen olvidar las direcciones antiguas?

Otro me contó que sois lienzo que vais perdiendo el color. Qué desastre de pantone.

Los menos, los que ni levantaron la mano hace un año ni lo hacen hoy, siguen igual. Para mí, esos están más muertos que tú. Y en vida, qué crueldad.

Pero no perdamos un segundo con ellos.

Antes de decirte adiós -y hasta dentro de un minuto, cuando vuelva a tenerte conmigo como cada vez que te recuerdo-, quería decirte que me sale el tremendismo cuando cierro los ojos.

¿Cómo se cura eso? ¿es peligroso, debo preocuparme? No es que esté a disgusto, al contrario, es que estoy tan bien así, agachado, anclado, que creo que sería bueno que alguien que no sea ni tú ni yo me dijera si todo esto es bueno o forma parte de un duelo que no sabemos ni cuando empezó ni si terminará algún día.

No te molesto más. Estarás haciendo las cosas que hagáis los que estáis allí. Yo me las imagino bonitas, cosas divertidas. No te llevaste ninguna foto, pero seguro que disfrutas viendo lo guapos que están tus nietos, ellas y ellos. ¡Cómo te echan de menos!

¡Qué cansados los brazos al sostener tanto dolor todo un año, con sus noches de siglo y sus amaneceres de promesa! ¿Me ayudas?

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Escribe Mimo Martínez, que a pesar de tener nombre de analfabeto jugador profesional de fútbol argentino, es leído y versado y tiene un corazón de centro comercial abandonado. Mimo es amigo del Colectivo Pies Fríos desde que le alquilamos un local en ese centro comercial. Si quieres saber algo más sobre Mimo, escribe a colectivopiesfrios@gmail.com

Estar.

Anoche soñé contigo. Iba a buscarte y ya no estabas. Al llegar a tu puerta supe que llevabas tiempo sin estar, solo que todavía no me había dado cuenta.

¿Ahora quién me paga a mí todo este tiempo que he vivido como si aún estuvieras? Es más, ¿valió para algo o es tiempo perdido? ¿Me van a computar todos estos días sin ti cuando tenga que echar cuentas conmigo misma?

Aún sabiendo que ya no estabas, pasé medio sueño caminando hacia los sitios que había compartido contigo.

el parque, aquel rincón del bosque, el asiento trasero del coche

Pero ya se sabe lo que sucede en sueños… caminas y no avanzas. Es como masticar aire o abrazar a un desconocido. Inocuo, placentero y extraño al mismo tiempo.

Así que sin llegar a todos esos sitios, ya sabía que no estarías.

Finalicé el sueño como todos los buenos sueños, con un fuerte golpe en la cara o con alguien a punto de dispararme. Al despertar, pude notar la herrumbre que habían causado, sin yo haberlo notado entonces, tus últimos y torpes movimientos cuando me besabas con desgana.

Recuerdo las conversaciones telefónicas, los desayunos y los últimos paseos. Qué desperdicio, hablar para nadie. Te veía pero ya no estabas. ¿O tal vez era yo la desplazada?
Y si no estabas, ¿dónde estabas? ¿Por qué tanta distancia, si aún podías cogerme de la mano?

No, no te guardo ningún rencor, sólo quiero que no aparezcas más en mis sueños. Si yo aparezco en los tuyos, ojalá te hagas las mismas preguntas que yo me hago constantemente.

¿Quién está más lejos?
Este sabor a abandono, ¿lo estoy olvidando, o aún me aguarda?

Árbol infinito. Colección Colectivo Pies Fríos”

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Escribe Claudia Enamorada. Claudia habla sola y cuenta sus relaciones a desconocidos, hayan existido o estén aún por existir. Claudia es amiga del Colectivo Pies Fríos desde que nos contó una vez una de esas relaciones. Si quieres saber algo más sobre Claudia escribe a colectivopiesfrios@gmail.com

Hielo_poema

Hielo,
con el blanco transparente de ojo de anciano.
Poca luz, y la que había, como con cieno.
Reloj parado para siempre
siempre y tiempo dentro de una esfera-
Desde ahí, todos avanzan menos yo.
Mi alma se volvió ancla,
y aunque dieran primavera,
todo lo que veía era océano oscuro,
sonrisa abisal que no alegraba a nadie.
Me lo explico a fases: ahora sí, pero a lo mejor,
en un rato, vuelvo a ser foso.
Foso feo, férrico, fatal.
Para qué lo demás si sigo allí.
Mierda del angel debajo de las uñas,
frotas y frotas y sigue ahí, ajeno a este mundo.
Esfuerzo funesto. Febledad y fatiga.
Y después de tenerlo claro,
¿quién rompe todo esto?

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Escribe Almería Prisamata, experta relojera, amante espeleóloga. Almería es amiga del Colectivo Pies Fríos desde que nos limpió el parabrisas un día despejado a cambio de una recomendación sobre música. Si quieres saber algo más sobre Almería, escribe a colectivopiesfrios@gmail.com

Todo el asunto del big bang.

Creo que en la boca del poeta puede dormir toda la mierda del mundo”

Lo dije en una de mis últimas conferencias. Todo el mundo asentía. Incluso hubo un par de personas que abrieron mucho los ojos, elevando las cejas, como si quisieran asegurarse de que la frase les entraba directa hasta el cerebro, accediendo por los párpados.

Yo, por mi parte, no tenía ni la menor idea del significado. Lo dije y punto. Impactaba y sonaba bien. No daba para titular, pero sí para pie de foto.

Para el receptor, supongo que esto funciona así. Eliges un camino y ni te molestas en darle sentido. Las curvas peligrosas, las subidas costosas o las bajadas criminales no importan. Todo depende de la gente que te acompañe en el trayecto. Así son los líderes de opinión, muchos siéndolo sin querer. Así son los borregos, ávidos de abrazar un trozo de pan que morder mientras sonríen al de enfrente, dentro de un mismo rebaño.

Luego están las serpientes. Pocas rapaces hay, para mi gusto. Una vez me acerqué a una señora que dedicaba sus días a opinar lo contrario de lo que le decían y a atribuirse méritos de antagonista a todo lo que le contaban. El mundo conspiraba contra ella, aunque no recordaran su nombre. Su alrededor era un campo yermo, pero conseguía herir con jabalina. Cuando le afeé su conducta, me reconoció que llevaba tanto tiempo siendo una hija de puta que ya no sabía hacerlo de otra forma. Pobre. Si hay personas que necesitan recibir amor, esta es una de ellas. Queden aquí mis brazos para el abrazo y mi mano cerrada para el puñetazo, lo que más te merezcas.

En mitad de la conferencia, un hombre se levantó y se dirigió hacia la puerta. Titubeé en mitad de la frase en la que estaba, y él se dio cuenta. Se giró, me saludó con gesto de sombrero, y me dijo “ya quedaremos tú y yo, libres de oídos taponados, para discutir todo el asunto del big bang”
Las dos personas que todavía seguían con las cejas elevadas, las dejaron caer con rostro de incomprensión.
Un rebelde a lo escuchado. Había esperanza.

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Escribe Jacqueline Arellano, creadora de opinión para gente imbécil. Jacqueline es amiga del Colectivo Pies Fríos desde que nos explicó que la audiencia es loca, ciega, sordomuda, torpe, traste y testaruda (te queremos, Shakira) Si quieres saber algo más sobre Jacqueline, escribe a colectivopiesfrios@gmail.com

Copia de seguridad

copia de seguridad
copia de seguridad de la copia de seguridad
copia de seguridad de la copia de seguridad de la copia de seguridad
copia de seguridad del recuerdo dormido, por si despierta
copia de seguridad de tu abuelo muerto, por si le olvidas
copia de seguridad de tus fuerzas quebradas, por si te desvaneces del todo
copia de seguridad de ese mensaje que no esperas, por si no llega nunca

Heroes 2020.

Es raro acabar abrazado al árbol fortuito -vistas envidiables de la ciudad y de lo peor de nosotros- y ser visitado sólo cuando el anfitrión ya ha partido.

copia de seguridad de la copia de seguridad olvidada
de la que ya ni siquiera recuerdas para qué la hiciste

copia de seguridad de esa nota suspendida en el aire
que tanto me recordaba a ti pero de la forma que no gusta a nadie

copia de seguridad del monstruo que fuiste de vez en cuando
porque quizá algún día necesites que venga a comerse lo feo que hay en el mundo

copia de seguridad de las tardes del paseo del pez
el de la canción, el del poema y el de la película

apagón total. copia de seguridad obsoleta. nueva vida cada minuto.

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Escribe Villar Mamposo, consultor TIC y poeta a tiempos desiguales. Villar fue amigo del Colectivo Pies Fríos hace mucho, pero ya no. Tanto Villar con el Colectivo Pies Fríos volverán a encontrarse y entonces sí, volverán a serlo. Pero hoy no. Si quieres saber algo más sobre Villar Mamposo, escribe a colectivopiesfrios@gmail.com

Sueño con serpientes

No hay nada peor que, después de una noche en vela, quedarte dormido diez minutos antes de que suene tu despertador.
Decimos, erróneamente, “he dormido mal“, pero precisamente ha sido “mal” porque no has dormido nada o lo has hecho interrumpidamente.
Los sueños son un territorio que debería ser apacible, pero la mayoría de las veces resulta caótico, frustrante y aterrador. No hay nada positivo en la vivencia de un sueño, ya que todos terminan igual: abriendo los ojos.
Sueñas que corres y lo haces a cámara lenta.
Sueñas que tienes mucho dinero y el agujero de tu billetera sirve de sumidero de tu desilusión.
Sueñas con él o con ella. Con serpientes que reptan en algo que pudo ser y te muestran un ejemplo que atormentará tus despertares.
En los sueños, quien quieres que te mire a los ojos no lo hace. Siempre es a un lado o a otro. Arriba, como si tuvieras los ojos en el flequillo, o en el pecho, como si una pizarra naciera de tu barbilla. La mirada de mercurio es aceite en tus manos de agua.
Quién fuera pájaro posado en la rama de tu sueño dentro de un estadio sin árboles. Quién no fuera dentro de tu noche, existiendo pero sin contar para nadie, teniéndote cuando me diera la gana.
Me juré, hace no demasiado, empezar a escribir cosas alegres, pero también me juré, hace muchísimo, no empezar nunca un relato con la frase “no hay nada peor” y ya son varias las veces que me regocijo en mis errores.

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Escribe Espinosa Robirosa, quien no quiere ir al médico para tratar su insomnio y usa los minutos que roba al sueño para escribir sobre no dormir. Espinosa es amigo del Colectivo Pies Fríos desde que nos encontró en una de sus pesadillas. Si quieres saber algo más sobre él, escribe a colectivopiesfrios@gmail.com

Reflejos

Se justificaba de una manera que ni él se creía. Huía por inercia, como la pelota que cae dormida por unas escaleras y justo se despierta en el último escalón, pensando que quería seguir arriba pero ya, qué lo mismo daba…

“No huyo; sé que lo estás pensando”

Pero lo volvía a hacer.

Para mí, huír y esconderse vienen a ser la misma cosa. ¿Sabéis eso que hacen los niños de ponerse una mano en los ojos, pensando que están ocultos para el resto de la humanidad? Pues él, lo mismo.

“Ni estoy ni quiero estar”

Pero estaba.

“No me sale ser amable, ni alegre, ni agradable, ni positivo. No quiero abrir la mano y ver una flor caer. No quiero ladear la cabeza como que me interesara lo que me estás contando. Déjame en paz. Dejadme todos en paz”

Pero en sus palabras había tregua, remanso consigo mismo.

“Quiero golpear a alguien. Quiero dejarme los nudillos en la pared, los dientes en esa corteza de árbol. Quiero patear un automóvil. Quiero enemistarme con gente de mi propia sangre, insultar a los amigos que compartieron balón en la niñez, agarrar de los pelos a todos esos recuerdos de piel desnuda y arrojarlos por la borda. Quiero arrancarme los huesos y hacerme una jaula. Quiero desaparecer. Quiero dejar de ser”

Pero ahí permanecía. Cada queja, cada lamento, cada súplica, redibujaba sus bordes y le hacía más real, acercándole más a mí.

“Me dices todo esto con gesto noble, sereno. Ni tú mismo te lo crees. Sólo tiene que salir de ti, clavar los ojos en este reflejo y convencerte a ti mismo que sí, que todo lo que tienes dentro es oscuro y horrible, pero que pronto encenderás las luces y todo cambiará. Basta ya. Ven”

Y ahí quedamos, nosotros, mi reflejo y yo, rodeado de trozos de cristal que unos segundos antes pertenecían a un espejo colgado en la pared.

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Escribe Tania Gporu, que nos contaba que mucho antes de acabar este texto, ya lo aborrecía. Tania es sordomuda y teleoperadora, y a pesar de todo, su vida es la más congruente que conocemos. Si quieres saber más sobre Tania, escribe al colectivopiesfrios@gmail.com

Adiós a un buen hombre.

Siempre dicen que se suelen ir los mejores. No es del todo cierto. Mi padre no era el mejor en nada y se ha ido. Pero era mi padre. Mi padre era… no sé bien cómo explicarlo… si alguna vez os habéis parado a pensar en la figura de “un buen hombre”, tan usada en películas, novelas, historias… ése era mi padre. Un buen hombre. Mi padre formaba parte del grueso de personas que hacían de este mundo un lugar mejor. Discreto, educado, amable. Jamás se metió con nadie, jamás odió a nadie, jamás le complicó la vida a nadie… siempre sumaba. Y si no podía, se apartaba y hacía las cosas más fáciles. Qué necesario resulta este tipo de personas para que todo vaya bien…

Se van muchos padres cada día, pero hoy se ha ido el mío. Y lo ha hecho antes de tiempo. Yo quiero pensar que estos últimos meses han sido como el desarrollo de una tortuga que se preparaba para echar a volar, pero ha sido duro ver cómo la goma de borrar le iba retirando el color.

Leo a Jorge Manrique, pero no como lo leía en la escuela. Lo leo con más manchas y más heridas, con más placer, como el adulto que disfruta del sabor dulzón de un jarabe infantil, y no dejo de recordarle.

Su tiempo nos transformó sin permiso. Antes del nacimiento de la tortuga, mi madre era una madre coraje y una esposa excepcional; después pasó a ser una madre excepcional y una esposa coraje. Qué bello todo, aunque cambiar de rol al actor en mitad de la actuación nunca le ha sentado bien a la obra.

Mi padre mató a Thanos. Pero lo más duro no fue la batalla, lo más duro de todo fue después, cuando nos dimos cuenta de que llevábamos varios días, delante de él, hablando en tercera persona, como si la guerra no fuera en su habitación. Y él nos miraba, dándonos a entender que la vida era eso: se abre un ciclo y se cierra otro, pero qué jodido cuando eres tú el que está dentro del ciclo cerrado y sin posibilidad de abrirlo de nuevo…

Hay lecciones que el ser humano no debería tener que aprenderlas nunca.

El tiempo es carretera. Es una flecha disparada por una ballesta sin tirador, desde una posición desconocida pero que irremediablemente sabes que viene hacia ti y terminará por alcanzarte. Habrá días que la oigas silbar. En otros, te rozará y no te darás cuenta. Hasta que llegue el momento y la veas venir decidida, y no te quede más remedio que abrir los brazos y aceptarla.

El tiempo es la ración de un postre de abuela.

Se nos fue el capitán del equipo. Lo ficharon en esas ligas que nadie televisa pero de las que todos guardamos camisetas de nuestros goleadores favoritos. Allí, todos pichichis.

Ahora sé que no es esta la tierra prometida. Qué broma de promesa, de ser así.

El tiempo es ese barco que hace aguas, desesperadamente agujereado, en el que tú estás en cubierta y no dejas de beber para salvarte.

Pero qué demonios, seamos felices, que es deber y responsabilidad de los que aún estamos aquí. Él estará bien. Después de todo, nadie envejece después de muerto.

El tiempo es eso que se encapsula en la canción Trefacio. La vida es domingo, canción sin fin, noche de estrellas y un rato en el jardín.

Adiós, papá. Se ha ido un buen hombre.

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Escribe cualquiera al que se le haya ido un padre. Escribo yo.