Odio el fútbol moderno.

Odio el fútbol moderno y por eso me retiro.

Bueno no. Me retiro porque me partí hace seis meses el brazo y arrastro una necrosis en el empeine del pie derecho (mi pie «bueno«).
He convocado una rueda de prensa para anunciarlo pero no me veía cómodo rompiendo a llorar en mitad de una frase, arropado por el aplauso cómplice de un periodista anónimo. Así que prefiero hacerlo a través de este medio.
Siendo sinceros, no convoque a la prensa porque soy un don nadie, un tuercebotas, un cazo, centro enviando ladrillos y si pasa el balón también pasa el tío porque soy muy malo y siempre lo he sido. Creo que ha quedado claro.

Portería
En alevines, aun siendo 13 en plantilla, el entrenador me dejaba fuera de la convocatoria. Ni suplente ni hostias. Fuera, sin vestir. Imagínense si soy malo.
En infantiles marqué un gol sin querer con el pene. Estaba apoyado (descansando) en el segundo palo, mientras mi equipo sacaba un córner, y el balón, después de tres rebotes, me dió en mis partes y se metió dentro de la portería. Lo celebré como si no hubiera mañana.
En cadetes, ya con bigotillo cual Sánchez Jara, cual Tato Abadía, hice burla a una árbitro (eran otros tiempos) en plan machote y me expulsó, provocando el apláuso del público y mi consecuente humillación. Mi familia se fue mucho antes del final para evitar que les relacionasen conmigo. No les culpo. No dije a nadie que me sentía atraído por aquella mujer árbitro (tendría más o menos mi edad) y que era parte de una estrategia infalible (luego vi que desastrosa) para atraer su atención.
En un partido de juveniles se me olvidaron las botas de fútbol (¡pero a quién se le olvida la azada cuando va a arar o echarse colonia cuando va a ligar!) y tuve que jugar con los playeros, con la mala suerte de que por aquella época estaba de moda las Reebok The Pump y había llovido muchísimo. Ni Fofito, oiga. Parecía un cervatillo recién nacido, incapaz de tenerse en pie.
Cuando ya tuve una edad (30 años) opté por apuntarme con una peña de estas que juegan los domingos muy prontito y se va con ojeras y oliendo al último cubata. Era divertido ver cómo pasaba partido tras partido, y cada semana caían un par de ellos (un esguince de rodilla, un ligamento cruzado, una dolencia cardiaca) y tú resistías ahí, como un superhombre, pero terminabas cayendo (y vaya si caías). Se me salió la clavícula, me contusioné las costillas, me abrí una ceja, me dieron un balonazo en un testículo y lo tuve inflamado durFutbol Calleante 4 días, me esguincé tobillos, rodillas, codos, dedos… todo esto repetido en el tiempo varias veces y mezclado con un estado de forma lamentable, que justificaba las campañas de deporte amateur que abogan porque haya desfibriladores en los campos de fútbol de los barrios.

Hace unas líneas he puesto que mi pie derecho era el pie «bueno» pero así, «entrecomillado», porque llamar a mi pie derecho como pie «bueno» es una manera de distinguirle del izquierdo. Para que me entiendan, es como si comparas un infectado de ladillas dentro de un grupo de enfermos de sida afrontando una orgía. Estás jodido lo mires por donde lo mires. Pues así yo con mis pies y el fútbol. Aun así le he puesto mucha pasión y me he mostrado muy aguerrido en ocasiones.

En una tanda de penalties de un trofeo, en el quinto y decisivo, me envalentoné con un panenka y la saqué por encima de la valla.
En un barrio conflictivo con una grada llena de gitanos, marqué un gol de cabeza en el último minuto y lo celebré haciendo una peineta (sardineta, corte de mangas, barrufeta) al graderío. Me tocó salir corriendo al coche en marcha de mi primo, mientras nos apedreaban e insultaban. Aquel gol fue un golazo, aunque era el primerbalón charcoo de nuestro equipo, mientras el equipo contrario ya llevaba seis.
En un pueblo, me agarraron el tobillo con un paraguas al sacar un córner y me partí la nariz contra el suelo. Seguí jugando hasta que la sangre inundó mi garganta a punto de provocar la asfixia.

En definitiva, que lo dejo. Y echo la vista atrás rodeado de buenos momentos y buenos amigos. Leo en la prensa que el fútbol profesional vuelve al trabajo (anuncios de moda, colonias, viajes, grandes fiestas, cochazos…) mientras en cada barrio, cada pueblecito, cada club amateur, hacen auténticos malabares para sacar un equipillo de catorce o quince jugadores que se mantengan en pie, y poder emular así a los grandes, a los de antes, a los de las colecciones de cromos Panini de la década de los 90 o a los que salen de vez en cuando en «Odio el fútbol moderno«.
Lo dejo. Lo dejo con la cabeza alta, odiando el fútbol moderno y el cuerpo hecho un cristo.

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Escribe El Petete Coliflor, la eterna promesa, el futuro de la selección de ningún país, un pericacho en potencia, un delantero defensivo, un amigo del Colectivo Pies Frios.  si queréis ficharle o saber algo más sobre él, escribid a colectivopiesfrios@gmail.com

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