«TE SIGO DEBIENDO UN CRISTAL»

El balón salió rebotado. El cristal, en mil pedazos. El hombre no tardó ni un minuto en bajar a la calle. Creo que era de ese tipo de hombres que siempre están cerca de la puerta por si pasa algo.
Pisaba los trozos del cristal desparramado cuando me dijo «Habrá que llamar a la policía«, en tono socarrón y condescendiente.
Yo, entre asustado y romántico, 12 añitos de suficrsciente inmadurez, me planté y le respondí

«Nada de policía. No creo en la justicia. Tengo dinero ahorrado y se lo pagaré yo. Ni siquiera mis padres deben enterarse»

Aquel «no creo en la justicia» le llegó muy dentro, y mientras reía a carcajada limpia, recogió los cristales y nos pidió que nos fuéramos de allí.

25 años después volví a aquella calle, debajo de aquella ventana. No pude evitar observar aquel cristal que nos miraba desde lo alto, desconociendo la suerte que le tocó a su antecesor, y me vi tiempo atrás envuelto en fiebre adolescente, diciéndole a aquel vecino que yo no creía en la justicia. Un hormigueo desagradable me atravesó arrancándome una lágrima.

El hombre (el mismo hombre que nos perdonó aquella chiquillada) salió por la puerta, muy envejecido, con gesto abatido pero con sonrisa agradecida. Portaba una mochila de publicidad con algunos enseres, y una bolsa de plástico con sus medicinas y una botella de agua. La policía lo acompañaba. Comenzó el griterío y los empujones. Comenzaron los palos, las porras, los tirones de pelo, las personas moviéndose arrastradas de un lado a otro. Comenzó epubarrasl caos y nos hicimos fuertes. Conseguimos repeler a la policía y a los agentes judiciales. Logramos paralizarlo. Éramos demasiados y la policía había venido confiada. «Desahucio paralizado. Se aplaza» oímos decir al que tenía mando en aquella barbarie. Y se fueron.

 

Nos quedamos allí arropando al hombre, aconsejándole, felicitándonos. Nos lamíamos las heridas (contusiones, arañazos) y cantábamos consignas de protesta, cuando aquel vecino avanzó entre la gente y me abrazó. Pensé que no me había reconocido, y no pude evitar romper a llorar como un niño.

«Hace 25 años me dijiste que no creías en la justicia, ¡qué bien encaminado ibas!»

Nos despedimos hasta el próximo intento de desahucio. Le prometí que allí acudiríamos otra vez para intentar parar aquella injusticia y nos dimos las gracias.

«Aun te debo un cristal» me despedí. Y allí quedó, mirando su ventana desde la calle, sintiendo suyo el reflejo en el que se podía ver a unas doscientas personas alejarse, doscientos anónimos que seguro, en algún momento de su vida, habrán sentido que deben un cristal a la vida.

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Escribe Jacobo Luna, pintor de irrealidades, mal defensa de un equipo de balonmano amateur y participante activo en la lucha contra desahucios injustos. Jacobo es amigo del Colectivo Pies Frios desde que nos rompió todos los cristales de nuestro acuario vacío. Si quieres saber algo más sobre Jacobo, escribe a colectivopiesfrios@gmail.com

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