Cabeza de calabaza

Cabeza de calabaza.

Todavía recuerdo el día que con siete u ocho años, mi padre me llevó por primera vez a un cementerio. Mamá no pudo acompañarnos porque se había caído en la bañera y descansaba en la cama. Mi padre me explicó vagamente lo que significaba el Día de los Difuntos, y porqué toda la gente se traía el gesto sombrío de casa, con un ramo de flores y un trapo viejo para limpiar la lápida de sus finados.

Cuando regresamos a casa, intenté buscar respuestas en mi madre. No me cuadraba  nada de aquello que me habían dicho tiempo atrás de otra vida, de mis abuelos disfrutando en un mundo mejor, de mi perro y del cielo de los perros, de Dios y del infierno… con todo lo visto en el cementerio, toda esa humedad, esos árboles gigantescos desafiando la gravedad, el color gris inundándolo todo y los pasos tranquilos de las señoras mayores vestidas de negro. Pero mi madre seguía dolorida en la cama y no pudo ni siquiera escucharme.

Al cabo de los años, Halloween ya se celebraba con normalidad en mi pueblo, y yo deseaba con ganas disfrazarme, ser otra niña diferente, otra vida, vivir durante un corto periodo de tiempo el miedo autoimpuesto por una costumbre o una celebración. Hacía los disfraces con mis propias manos, usando recortes de cartón, pinturas, ropa vieja… A mi madre se le daban muy bien las manualidades, pero pocas veces podía ayudarme. “Me estoy volviendo muy torpe con la edad”, decía, “no hago otra cosa que caerme y golpearme la cara contra los muebles”.

El año pasado el monstruo ni siquiera nos preguntó si truco o trato e hizo por las malas lo que quiso. Fue la primera vez que se atrevió conmigo. Yo le apodaba el “cabeza de calabaza” sin que él lo supiera. Llamarle “padre” le quedaba grande. Era toda una señorita de quince años y ya había centrado mis ideas del Día de los Difuntos, de Halloween, de sentir terror durante todo el año, por eso me gustaba esa fecha. Deseaba que todos los chicos y chicas sintieran pánico por un susto, aunque fuera de mentira, pero era una manera de equipararme a ellos, de dejar de sentirme tan pequeñita cuando el cabeza de calabaza subía las escaleras hasta mi cuarto. Llegué incluso a desear participar de ese día como un difunto verdadero, quitándole el gusto de tenerme a su merced durante todo el año, pero no le podía hacer eso a mi madre, no podía permitir ni una vez más que me mirara con la cara hinchada y se inventara una excusa torpe e imposible de cómo se ha vuelto a partir el labio contra el lavabo.

La chica en el Día de los MuertosLo anterior es un resumen para que me entendáis. Para que no juzguéis a la ligera lo que vais a presenciar cuando entréis tirando la puerta abajo. Estoy decidida. Esta vez mi disfraz será más elaborado, siguiendo un tutorial de maquillaje específico para el Día de los Muertos. Unas flores en el pelo y un vestido largo harán el resto. Mi madre no sufrirá porque estará descansado en su cama. Vivirá mejor cuando todo esto pase. Al cabeza de calabaza lo envenenaré, pero no lo suficiente como para que muera. He buscado en internet y sé cómo hacerlo. Lo ataré a una silla y dejaré que se desangre. Un corte certero en las axilas y en la ingle me ayudarán con mi cometido. Cuando vea que está pálido y al borde de la muerte os llamaré pero no podréis hacer nada por él. Vuestras ambulancias, las sirenas de la policía y las cámaras de televisión harán el resto. Lo estaréis sintiendo ahora mientras leéis esta nota. Difundirán el pánico que yo y mi madre llevamos sufriendo años, y por una vez me sentiré fuerte, tranquila, sin miedo a que la puerta de mi dormitorio se abra en plena noche.

Por una vez en la vida, seré la que infunde terror, no la que lo padezca. Pocas veces en mi pueblo ha existido un Halloween tan justo.

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Escrito para ZendaLibros,

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