EL BESO DE LA MUJER ELEFANTE (o la caricia del felpudo)

EL BESO DE LA MUJER ELEFANTE (La caricia del felpudo)

Esas gotas de rocío fresquitas de la mañana no hacían presagiar nada fuera de lo corriente. Owen me acercó a la cabaña donde desayuné espléndidamente, con esa luz entreverada de unos rayos naranjas que hacían juego con mi zumo. De improviso, Owen se acercó a mí y me dijo: «Su acompañante ya está lista»

«¿Ya?» dije yo «Si yo todavía no he terminado…«. Owen me reprendió y me dijo que a una dama no se la puede hacer esperar.

Casi sin limpiarme los restos de zumo que tenía en las comisuras, me calcé el salacot y me dispuse a conocer a mi acompañante. Temblaba como un primerizo en el baile del colegio. Rodeé la cabaña donde desayunaba y allí estaba ella: 32 años, elegante, cabeza erguida, orejas muy abiertas y esa sonrisa… más de un metro de lado a lado. Esbelta, a pesar de ancha. Y alta. Muy alta.
Ella.

«Esta es Lundi«, me dijo Owen, sabedor de la cara de impacto que me había producido el encuentro.
«Supongo que ya habrá desayunado» – pregunté a Owen «No se preocupe. Su desayuno dura hasta la cena»
«Ahora entiendo su grandeza»
lundi
Íbamos de safari, pero no a uno de esos safaris como se les conoce en occidente, no de esos de disparo y trofeo, un safari al uso, como es conocido en África oriental, de paseo. No sabía quién de los tres estaba más entusiasmado. Lundi, la elefanta africana, majestuosa. Yo, sabedor de que no iba a saber tratar a una dama como esas como realmente se merece. O Owen, un botsuano que vivía su segunda vida, henchido de orgullo por poder mostrarme las habilidades del bello mastodonte.

«Es como mi hija, mi hermana y mi madre a la vez. Yo antes les perseguía, les daba caza, les arrancaba sus marfiles, les posaba en troncos o grandes piedras una vez muertos para que turistas como usted se hicieran la foto. Ahora soy otro hombre. Literalmente«.

Más tarde supe por la agencia que a Owen, años atrás, lo salvó un elefante de morir ahogado en un río. Se encaramó a un árbol para disparar a un ejemplar macho mientras bebía en la orilla y la rama se partió. Del impacto con el resto de ramas, Owen perdió el sentido y se fue al fondo. El elefante lo sacó y lo puso al sol, como un calcetín recién lavado.

Disfruté de Lundi y ninalundide la sonrisa de Owen a partes iguales. Recordé esas fotos de ilustres ignorantes (torpes humoristas, adustos exbanqueros, eméritos reyes patrios…) y se me venía a la cabeza la sinceridad en el rostro, la felicidad en el caminar de Owen, y se adueñaba de mí una paz absoluta.

«¿Puedo acariciarla?» Y Owen asintió con la seguridad de quien sabe todos los secretos de la sabana africana.

Lundi sintió mi mano y recorrió su trompa por mi brazo. Fue mucho más dulce que todos los pasteles del desayuno, a pesar de tener la piel tan áspera como un felpudo.

«El beso de la mujer elefante» espetó Owen, mientras sus carcajadas espontáneas espantaban las aves de los árboles.

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Escribe Percival López, gibraltareño nieto de unos pescadores de la Línea de la Concepción. Aficionado a los sombreros. Viaja 4 meses al año. El resto, ahorra, y escribe cositas como amigo del Colectivo Pies Fríos. Si quieres saber algo más sobre Percival, escribe a colectivopiesfrios@gmail.com

 

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