PUTA Herencia

Maldita jodida puta herencia.

No sabe quién sujeta su brazo, pero le está haciendo daño. Las formas no son las de una  persona educada. Está impaciente y va con prisa, por eso tira de ella, hasta el punto de trastabillarse con su bastón y provocar su caída contra el suelo. El mango se ha roto. Un trozo de nácar muere despanzurrado en el suelo. Ella no le da importancia y sonríe, acalorada, sin saber muy bien ni dónde está ni quién es ese jovenzuelo que le pasea por la calle. Al fin y al cabo, era un bastón horrible.

A veces la fortuna nos viene de manera indirecta, no solicitada, y surge con contratiempo de ángel negro.

Pere Couso recibió una llamada del abogado de Luis Carlos Noronha a las cuatro de la tarde. Había sido elegido al azar junto con 70 personas más, extraídas del listín telefónico, para repartirse la herencia del millonario recientemente fallecido. Así quiso el finado que se distribuyera su abultada fortuna. El destino, que es un cabronazo con pintas, había provocado que Pere Couso, sin familia ni amigos, recibiera otra interesante llamada cuatro horas antes. El oncólogo especialista en páncreas del Hospital da Luz le confirmaba lo que ya le había dicho en persona un par de semanas antes: apenas le quedaban dos meses de vida.

Tomás Martínez, ratero, sifilítico y adicto al sexo y al alcohol, dormitaba entre cartones junto a los arbustos de un parque. Llevaba cinco años viviendo en la calle y no parecía que la cosa fuera a mejor. En eso pensaba cuando una patrulla de la policía aparcó junto a él. El instinto hizo que Tomás saliera corriendo y saltara por una tapia, partiéndose dos vértebras, la clavícula izquierda y la columna espinal a la altura de las dorsales. El policía sonreía divertido sujetando un papel, pensando que todo había sido una cómica situación. Levantaría a Tomás del suelo, le explicaría que era multimillonario y saldrían en los periódicos como una anécdota alegre. El albacea de un tío de Tomás había ordenado su búsqueda para entregarle la cuantiosa suma, y lo consiguió, sólo que Tomás disfrutó de la herencia postrado en una cama, sin poder mover jamás ni brazos ni piernas, tetrapléjico para siempre.

Óscar González, vallisoletano, 34 años, piscis y administrativo en una empresa de productos químicos. Había recogido a su abuela de la Residencia Vírgen de la Alegría para llevarla al notario. Llevaba sin verla siete meses -no importaba, la demencia senil no sabía de fechas-, pero urgía solventar el papeleo de la herencia. Las prisas y el ansia por ver estampada esa firma en el papel habían provocado que destrozara el bastón de nácar de su abuela contra el suelo. La anciana apenas podía andar y llevaban quince minutos para recorrer cuarenta metros. Pero la recompensa lo merecía.

Judith García, nonagenaria, con el gusano de la demencia agujereándole el cerebro, artrosis reumatoide e insuficiencia cardiaca y respiratoria, se quedaba dormida por los rincones mecida por recuerdos vagos de una infancia del siglo pasado. Estaba de paseo, eso era evidente, pero no tenía claro si aquel jovenzuelo que sujetaba con fuerza su brazo pertenecía a la ONG a la que donó toda su fortuna en los años en los que la demencia aun no le acompañaba, o era de aquella residencia en la que esperaba pacientemente la muerte.

«Sea quien sea me tendrá que comprar un bastón nuevo» se decía «Era un bastón horrible, pero era mi bastón»

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Escribe Nerea Valentine, asistenta social de causas imposibles. Nerea ha sido albacea de gente sin ahorros y enfermera en varios tanatorios. Su poco trabajo le lleva a escribir historias como esta. Es amiga del Colectivo Pies Frios desde que Adán y Eva envenenaron la primera herencia literaria. Si quieres saber algo más sobre Nerea escribe a colectivopiesfrios@gmail.com

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