Todas las mañanas me amanece un corazón nuevo.

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Todas las mañanas me amanece un corazón nuevo
Lo hace sin avisar, agostado entre las sábanas,
pero poco a poco se va desperezando.
Yo le lavo, le visto y le afeito, le peino.
Le doy el desayuno: fruta, esperanza y alegría a partes iguales.
Él me sonríe y se estira,
desmenuza sus músculos para distraer el recuerdo del ayer,
se coloca mejor la bufanda y se aprieta los cordones del minutero,
ufano de presencia, abriendo bien el pecho para devorar el mundo.
Yo le acompaño de la mano hasta la parada del autobús.
Le susurro algún cuento que rescato de mi infancia,
canturreo estrofas que odio y quise olvidar cien veces,
y le despido con la mano,
colgada en el aire como una gaviota sin suelo.
Luego, cierro los ojos para que él les abra.
A lo largo del día habrá sido pisoteado, amado y escupido a partes iguales.
Habrá escuchado música que le habrá hecho olvidar algo feo que guardaba,
habrá leído frases prometiendo que jamás olvidaría al menos en lo que dura un minuto,
habrá peleado con alguien más fuerte
y se habrá rendido a alguien más guapo.
Habrá perdido países enteros y conquistado planetas,
llorado a una hormiga que aplastó sin querer
y asustado a alguien que olvidó que era más valiente que nadie.
Me habrá echado de menos una o dos veces, aunque lo niegue,
y habrá sangrado dolor ajeno al ver la televisión apagada.
Al cabo del día, a él le habrán nacido otros tantos corazones nuevos,
pero llega la noche y la oscuridad no invita a nada.
Le fabricaré, con la fuerza arrastrada, una sepultura confortable.
Adornaré todo de flores y velas que mantendrán el aire respirable,
y cuando por fin el sueño me empate,
y agarre mi vida a una mejor fábula,
él me dará las gracias y morirá tranquilo, apacible,
sabiendo que la vida es un regalo que pocas veces sabemos manejar
pero que debemos bebernos con la sed de un poeta irlandés.

Dice aquella que nos espera no sabemos muy bien dónde que somos astros de ojos cerrados, pero apenas nos valemos para alumbrar nuestros callejones.
Todas las mañanas me amanece un corazón nuevo
y soy incapaz de salvarle al día siguiente.

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Escribe Sarce Novo, bosnia que una vez comenzó a andar y se dió de bruces con la libertad. A Sarce le gustan las sandías y los libros desgastados. Sarce es amiga del COLECTIVO PIES FRÍOS desde hace unos meses. Si quieres saber algo más sobre Sarce Novo, escribe a colectivopiesfrios@gmail.com

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