HUIDA

Lo llevo haciendo desde niña. Huía de mis padres, de las vecinas que venían a pellizcarme los carrillos, de los amigos que me convidaban a salir mientras me agitaban sus nuevas peonzas delante de mis narices… Lo único que quería era estar sola para poder sumergirme, en estado lenitivo, entre las páginas de mis primeras lecturas. Aquello era apasionante para una niña que no había salido de su barrio. Los lugares más increíbles y las personas más fantásticas estaban al alcance de mi mano.

Con el tiempo descubrí que debía explotar mejor aquella manera de viajar, e iba poniendo notas entre las páginas, dejando libros inacabados por las repisas de la despensa, historias a medio leer debajo del sofá de mi padre… de modo que, pasados unos días, descubría como quien no quiere la cosa, de manera absurda y falsamente accidental, un cuento con una nota que me decía «aquí tenías fiebre» o «el hermano del protagonista es muy atractivo«, y me permitía experimentar aquello que ya era lejano y volvía a mí con fuerzas renovadas, batallas a medio luchar o besos a punto de darse…

Cuarenta años después lo sigo haciendo.

cvc

En casa de mis padres me «olvidé» casualmente, a medio leer, la historia de Steinbeck, «La perla«, y cada vez que voy a verles le doy un par de mordiscos a la vida de Kino, un humilde pescador en medio de la lucha entre ricos y pobres.

En el asiento trasero del coche viajo a Francia, de la mano de Houellebecq y su «mapa y territorio«, aunque apenas me quedan diez páginas para descubrir qué sucede definitivamente a Jed Martín.

En los cajones del escritorio de la oficina guardo dos mundos distintos, China y Egipto. Con Yu Hua estoy averiguando cuánta sangre hay que vender en China para que un pobre trabajador pague la boda de su hija.
En el otro cajón, al abrirlo, se me escapan los animales hasta entonces desconocidos que ayudaron a conquistar Oriente Medio a los Hicsos. Ser esclavo en Río Sagrado y desoír a Wilbur Smith página tras página, me permite construir armas para evitar la invasión.

Encima de la tumbona, entre los pliegues de la descolorida toalla castigada por el sol, descansa Tristessa, una prostituta de belleza santa, adicta a la morfina, que me presentó Kerouac y que me cuenta de vez en cuando que han sido muchas las veces en las que él no ha sido capaz de satisfacer sus necesidades, ya sean espirituales o carnales.

En el bolso de los fines de semana, me llego ya por la ciudad de Buenos Aires, mezclando su asimetría con un paquete de klinex, un bolígrafo, una Rayuela y una cartera desgastada.
En el bolso de a diario me expulsan de Granada, hace más de quinientos años, mientras Tariq Ali me cuenta lo frustrante que resulta una diáspora de algo que llevas dentro desde que naciste.

Con lo acabado, con lo vivido, lo despido y me desprendo de ello, en una plaza o en el banco de un jardín, dedicando un gesto sombrío, una mirada de envidia, como el que observa a un antiguo amor paseando de la mano de alguien que ya no eres tú. Y así con todo. Viajando en el tiempo sin máquina, sembrando trocitos de vida y paisajes allí por cvc2donde mis pies caminan, esperando, a ver si con suerte, me reencuentro entre las páginas de alguna de esas novelas, a esa niña que huía de sus vecinas que sólo venían a casa para pellizcarle los carrillos.

 

 

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ESCRIBE India Morrison, dueña de una agencia de viajes imposibles y escritora de novelas a medias en sus ratos libres. India es amiga del COLECTIVO PIES FRÍOS desde que les consiguió un viaje baratísimo a Ítaca. Si quieres saber algo más sobre India, escribe a colectivopiesfrios@gmail.com

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