Elegir un deseo

Seguro que os han preguntado alguna vez aquello de «si te concedieran un deseo, ¿cuál sería?«

Mi abuelo un día interrumpió aquel juego preadolescente en el que unos pedían dinero, otros casas grandes y otros ser cantantes famosos, para dinamitar ese momento intrascendente y soltarnos un «yo lo único que deseo es no estar sólo cuando sufra un ictus«
En aquel momento infantil, muchos no teníamos claro lo que significaba aquella palabra, pero sus ojos acuosos y el suspiro de mi padre -que presenció todo aquello-, nos hizo entender que ni la palabra ni el estado de ánimo de mi abuelo representaban nada bueno.

Hay gente rodeada de mucha más gente que se siente sola. La soledad es una de las enfermedades indetectables que sirven de trampolín de cosas peores. Se suele combatir -pero con gaseosa eficacia-, con una canción, una lectura, una sonrisa, pero enseguida se evapora y vuelve con más fuerza.

El mayor potenciador de esta enfermedad es el tiempo, el cual, a su vez, hace mella en las relaciones personales.

Las relaciones son como aquellos libros de «elige tu propia aventura«: poco antes de llegar al final, te das cuenta de que tu camino es muy distinto al de aquella persona que empezó contigo en la primera página.

Todavía recuerdo a aquella chica que en menos de medio minuto pasó de vivir conmigo piel con piel a ser una completa desconocida. En mitad de un paseo, en medio de una conversación sobre música y comida, o sobre anécdotas laborales y fútbol -es indiferente-, dejó caer aquella frase que aun hoy me martillea: «No me quieras tanto y quiéreme mejor«. Esas siete palabras representaron siete clavos en mis pies, y allí quedé, congelado, mientras podía verla seguir caminando, hablando de manera distendida con alguien que ya no era yo.

Realmente mi abuelo no estaba triste por el miedo a padecer un ictus en medio de la nada, sin estar acompañado por nadie. Mi abuelo estaba triste porque sabía que su deseo ya lo había pedido años atrás y le había llegado en forma de mi abuela, pero que el tiempo se lo había arrebatado de las manos y poco se podía hacer con aquello. No hay peor cosa que tener la certeza de saberse inútil ante el mayor problema de tu vida.

Yo le quito importancia a todo esto, y el deseo que pido es que hoy no me sienta solo, esté o no rodeado de gente. Mañana, ya veremos.

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Escribe Crespo Rojas, psicólogo y mudo a partes iguales. Crespo sabe escuchar y fijarse en lo que realmente importa: la gente que está, sin saberlo, en último término por miedo a que la vean. Crespo es amigo del Colectivo Pies Fríos desde que coincidió con nosotros al fondo a la izquierda de algún lugar que ya no recordamos. Si quieres saber algo más sobre Crespo, escribe a colectivopiesfrios@gmail.com

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