La no tristeza de Ali MacGraw

Aparentemente triste.

Reclamo mi derecho a no hacer nada. A no pensar en nada. A estar desdichado, si me apuras. A dar patadas a un piedra mientras me hago preguntas existenciales de hondo calado. A no mirarte cuando me preguntas. A no abrir los labios cuando exiges mis respuestas. Unos lo llaman depresión. Buena gana de poner nombre a todo. Otros lo achacan a la alimentación, a las malas relaciones sociales, o a algo que sucedió en el pasado y que estalla ahora cuando menos te lo esperas. Pero no. Sólo me apetece estar así.

Ali MacGraw hizo incluir una cláusula en sus contratos que impedía al equipo de rodaje preguntarle «¿Qué te pasa?» cuando la veían distraída, aparentemente triste.

«Los osos hibernan y nadie se piensa que hayan muerto ¡Dejadme en paz si mi manera de recargar las pilas es perdiendo la mirada al infinito!»

Ali MacGraw – Conde Nast Archive

Luego vino el cabrón de Steve McQueen y se olvidó de tener tiempo libre para estar así, «aparentemente triste«, para estarlo en realidad, pero esa es otra historia. Aún hoy dedica su tiempo, entre sesión y sesión de yoga, a buscar la soledad para desordenar su cabeza.

Otro que disfrutaba e incluso se gustaba rodeándose de nada era Edward Steichen. Antes de utilizar su cámara necesitaba de horas, días, sumido en la más absoluta inacción sentimental.

«Necesito el silencio, la nada, la ausencia de todo, para poder captar justamente lo contrario»

Steichen estuvo cuatro días callado, melancólico, vaciándose por dentro, como si le hubieran arrancado la vida de cuajo a todos sus seres queridos, antes de captar «The Pond Moonlight», la foto más cara de la historia. «Mereció la pena«, repetía después entre carcajadas.

Edward Steichen – The Pond Moonlight

No hay que crear algo grande para poder merecer ese tiempo, tu tiempo, en el que lo único que te apetece es mirarte la punta de los zapatos.

Un amigo me contaba hace poco que mandó a su hijo adolescente al psicólogo porque llevaba tiempo observando cómo perdía la vista hacia la nada, cómo pasaba parte de su tiempo libre con las manos en los bolsillos sin hacer nada más. El chaval le insistía en que era feliz, que no sucedía nada raro. En la consulta del psicólogo, tras escuchar ambas partes, el facultativo restó importancia con un «Vuelvan cuando tengan un problema grave. O al menos, un problema que exista»

«¿Tú te crees?» me decía mi amigo todo ofendido. «No hay derecho» le replicaba yo «es increíble cómo los padres nos vemos en la obligación de negarles estados de ánimo a nuestros hijos, creando minusválidos emocionales»

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Escribe Romana Cassidy, bibliotecaria en un pueblo fronterizo entre el ser y el estar.  Lucha desde hace años contra los amantes del carpe-diem, la fiesta continua y la alegría mal ilustrada. Es amiga del Colectivo Pies Fríos desde que se enteró que también nos gustaba la contemplación. Si quieres saber algo más sobre Romana Cassidy, escribe a colectivopiesfrios@gmail.com

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