Descuajeringado

Creo que llevo ya alrededor de diecinueve inspiraciones profundas. Corro el riesgo de hiperventilar y caerme de bruces contra el suelo, como un foco que languidece mal colgado de la vara de cenitales, y termina desplomándose para morir descuajeringado contra el escenario (cosa que nos pasó en alguna ocasión).
Desconozco si la palabra «descuajeringar» existe como tal, pero me parece tan bella como la nota que busca oyente, suspendida desde el piano del fondo hacia el patio de butacas.
El caso es que, como decía, tantas inspiraciones y no me dan resultado. Lo intento con té verde, con ejercicios de relajación, con salir a tomar el aire por la puerta trasera del teatro (¿hay algo más desolador que la puerta trasera de un teatro, donde se mezclan orines, cartones, pintadas, salidas y comienzos de ilusiones? Yo digo que tal vez, pero no se me ocurre nada), sigo insistiendo con varias técnicas pero el resultado es el mismo: ninguno.
Me quedan apenas treinta y cinco minutos. Estoy a medio vestir y maquillado. Parezco una casa en mitad de una reforma. Los compañeros van de un lado a otro, sin saber muy bien donde. Lo sé porque les conozco. Están igual de nerviosos que yo, solo que unos lo disimulan mejor que otros.
Me gustaría carecer de esta ansiedad preactuación. Recuerdo a José Bódalo, por ejemplo, el témpano de las tablas, que con media boca te decía versos perfectos y a la vez estaba escuchando el partido del Real Madrid con un casco y una radio (se lo vi hacer en el 82, con «El pato silvestre» de Ibsen). Otros, como el tenor suizo Ernst Hafliger, jugaba al ajedrez entre pieza y pieza. O Maurice Bejart, que les ponía a sus bailarines trashmetal a un volumen altísimo minutos antes de salir, para atenazar sus nervios y distraer el miedo escénico.
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Me queda la peluca y la chaqueta. Y subirme un poco más estas medias. Y cuatro minutos para comenzar. Estoy pensando que a lo mejor si consigo que desaparezca este miedo escénico preactuación, desaparecerá también esta garra, esta pasión, este gusto por aparecer, de repente, tras el telón, y notar cientos de ojos posados en mí, almas abiertas a mis palabras, gente que desearía estar donde estoy yo. Así que no. Decido que este miedo es parte del juego y lo acepto. Y lo abrazo. Pero silencio. Ssssshhhh. Comenzamos. Que se abra el telón. Que vibre el público. Que comience el TAC 2019.
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Escribe Juan Casado, miembro del Jurado de la sección Estación Norte del TAC 2019. Juan ya tuvo al Colectivo Pies Fríos en la cabeza antes de que se fundara…

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