Año.

Ayer pasó en algún lugar. Si mido la distancia desde ese ayer al hoy de hoy, tengo un año justo.

Desde entonces, a lo largo de todo este año, me he convertido en mejor persona. No mejor persona para el resto, soy mejor persona para mí. O eso creo.

Y no mejor persona porque te murieras, si no mejor persona porque te tuve al lado todos mis años (me hiciste bien, me hiciste bueno, y esto sí que te lo debe el resto)  

Por lo demás, todo está más feo. No te pierdes gran cosa. Los pasos de tus nietos son los mismos que ya daban y que se te grabaron a fuego. Eso no te lo quita nadie. El mismo sol, la misma oscuridad, pocas reformas.

Nosotros nos peleamos por sonreír. Lo conseguimos de vez en cuando, y eso es una gran victoria. Pero siempre, siempre, siempre, te tenemos aquí, al ladito de todo lo que hacemos.

Me propuse hacer algo grande por el aniversario -desandar el camino, brindar al cielo, escuchar canciones de tu época-, pero he hecho la compra. Naranjas y hortalizas. También he cruzado un semáforo en ámbar, apurando. He sonreído a una señora malhumorada y he saludado de lejos a alguien que luego resultó ser un desconocido. Aparqué mal el coche para recoger a las niñas y compré dos entradas para un concierto. Cuando regresaba a casa, bajé la ventanilla del coche y saqué el brazo. Pensé que podría tocarte.

¿Y tú? ¿Cómo lo celebráis allí, donde quiera que estés?

Un amigo me dijo que la mejor terapia era escribirlo. ¿Puedes escribirlo tú? ¿Nos podrías enviar lo que escribas, o allí os hacen olvidar las direcciones antiguas?

Otro me contó que sois lienzo que vais perdiendo el color. Qué desastre de pantone.

Los menos, los que ni levantaron la mano hace un año ni lo hacen hoy, siguen igual. Para mí, esos están más muertos que tú. Y en vida, qué crueldad.

Pero no perdamos un segundo con ellos.

Antes de decirte adiós -y hasta dentro de un minuto, cuando vuelva a tenerte conmigo como cada vez que te recuerdo-, quería decirte que me sale el tremendismo cuando cierro los ojos.

¿Cómo se cura eso? ¿es peligroso, debo preocuparme? No es que esté a disgusto, al contrario, es que estoy tan bien así, agachado, anclado, que creo que sería bueno que alguien que no sea ni tú ni yo me dijera si todo esto es bueno o forma parte de un duelo que no sabemos ni cuando empezó ni si terminará algún día.

No te molesto más. Estarás haciendo las cosas que hagáis los que estáis allí. Yo me las imagino bonitas, cosas divertidas. No te llevaste ninguna foto, pero seguro que disfrutas viendo lo guapos que están tus nietos, ellas y ellos. ¡Cómo te echan de menos!

¡Qué cansados los brazos al sostener tanto dolor todo un año, con sus noches de siglo y sus amaneceres de promesa! ¿Me ayudas?

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Escribe Mimo Martínez, que a pesar de tener nombre de analfabeto jugador profesional de fútbol argentino, es leído y versado y tiene un corazón de centro comercial abandonado. Mimo es amigo del Colectivo Pies Fríos desde que le alquilamos un local en ese centro comercial. Si quieres saber algo más sobre Mimo, escribe a colectivopiesfrios@gmail.com

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